El fin de todo

Por Delphine K.

 

Mi mundo, tal y como lo conocía, acabó por un embarazo.

Primero, las reuniones de El parto es nuestro, la implicación, los libros de Michel Odent, la vuelta a lo simple, a que somos mamíferos, la ilusión del plan de parto, los libros, besos y caricias de Carlos González, la búsqueda de una doula, la hipnoterapia y todo lo habido y por haber.

Y la tripa que no crecía adecuadamente. Era pequeña comparada con la de otras amigas y compañeras de trabajo embarazadas de semanas similares a la mía, y yo apenas notaba movimiento a medida que progresaba el embarazo, e intuía que algo no iba bien. «Delirios de primeriza» decían madre, suegra y ginecólogo. Pero yo insistí, me hice todas las pruebas, y ninguna arrojaba resultados. Finalmente, la eco, certificando que mi hijo tenía todos sus órganos, que todo estaba bien.

El parto. El bebé trae tres vueltas de cordón, toca cesárea. No pasa nada, gracias a Dios la ciencia viene en nuestro auxilio. Le voy hablando, mientras el anestesiólogo y el ginecólogo ríen. Que si bienvenido, que si te quise desde el primer instante, que si siempre te protegeré, que si papá te esperando.

No hubo llanto. Sólo unas pompas, frágiles, que salían de su boquita muda. Era líquido amniótico, como supe más tarde. No hubo piel con piel, se lo llevaron. Silencio.

Al día siguiente, la noticia. Mi hijo tiene dos atresias, una anorrectal y otra esofágica. No tiene ano, ni recto, tiene una fístula que va a la uretra y otra fístula que va a la tráquea y el esófago partido. Hay que coser ese esófago enseguida y practicarle una colostomía. Le trasladamos a La Paz.  Y yo voy enfermando. No duermo, apenas como, pierdo mucho peso en pocos días, estoy anémica.  Debuto, sin saberlo, como bipolar. No paro de llorar, no sé cómo afrontar la lactancia.  Pienso que ese ingreso sería nuestra salvación, pero los médicos piensan que es más importante centrarse en la unidad de cirugía, practicar con los hidrocoloides que tapan los estomas, y que cuando se retiran dejan la herida en carne viva.   Cloruro mórfico para el dolor, transfusiones, pinchazos en todas las partes del cuerpo imaginables. Y yo voy enloqueciendo. Su dolor es mi dolor, no puedo verle así, futurizo un niño en un patio del colegio con una bolsita para la caca, otros niños crueles burlándose de él. Futurizo decenas de operaciones destinadas a intentar reconstruir lo irreconstruible. Futurizo sufrimiento, mucho sufrimiento, y proyecto sobre él mi propia infancia de abusos y terrores. Sigo sin dormir.

Llega el momento de traerle a casa. Me he quitado toda la proteína del vacuno, el gastroenterólogo me felicita, mi leche es buena, mi hijo está ganando peso. Pero yo ya no veo los logros, sólo veo que hay que hacerle ganar peso para la próxima operación. Y luego para la siguiente. Lesiones compatibles con la vida. ¿Qué vida? ¿Se parecerá a la mía?

Después, el horror. ¿Cómo pude hacer aquello? Lo innombrable, lo psicótico, lo antinatura, el mal.  I put him to sleep. Sólo en inglés puede decirse.

Y luego la cárcel, el no entender nada, la leche rezumando de mis pezones, el cómo ha podido pasar, el no es cierto, sigue vivo, la imposible marcha atrás, las mil opciones que podían haber cambiado el amasijo de culpa y orfandad, el perderlo todo: hijo, marido, amigos, casa, trabajo, luz, risa, belleza.  ¿Qué he hecho, qué he hecho? ¿Quién estaba a mi lado? ¿De dónde podría haber venido la ayuda?  Si mamá hubiese importado, si alguien hubiese reparado en cómo me consumía, si alguien hubiese hecho caso cuando pedí auxilio, cuando decía «me tengo que ingresar», mi hijo seguiría vivo. Y yo no estaría muerta en vida.  Mother-baby units, protocolos de detección inmediata de trastornos (bipolar, límite, psicosis puerperal, depresión post-parto), supervisión del vínculo, ayuda con la lactancia… Salvar vidas.